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Estás aquí: Rincón de redacción / La investigación / El buen uso de fuentes

El buen uso de fuentes

1. El arte de la citación

Cuando investigamos, escuchamos muchas voces. Estas voces son las de los autores de las fuentes que examinamos. Cuando investigamos, entramos en conversaciones sobre temas que ya contaban con muchos partícipes. Podemos aprender de los demás, pero llega un momento en que también tenemos que entrar en la conversación y hacer oír nuestra propia voz.

En los trabajos de investigación debes aportar algo nuevo; debes participar en la conversación sin simplemente regurgitar lo que han dicho los demás. Eso no significa que tengas que tener ideas nuevas y originales cada vez que escribes (¡pocas veces tendremos ideas verdaderamente originales!); pero sí debes aportar, por lo menos, tu propia perspectiva, tu manera de ver y explicar el tema en cuestión. Esta es tu propia voz, y es lo que tus lectores quieren «escuchar»; si no, leerían tus fuentes directamente sin tu intermediación. 

Pero con todo esto no queremos decir que no podemos hacer referencia a otros autores en nuestros trabajos, ni que no podemos usar ni su lenguaje ni sus ideas. Nuestros textos a menudo adoptan la forma de un diálogo con otros autores. Incorporaremos otras voces en nuestros escritos, pero debemos hacerlo de la manera adecuada para que el lector sepa quién es quién. Se reconocen los cambios de voz por citas bien hechas.

Cuándo citar

Citar es un arte. Saber cuándo citar requiere cierta intuición. No obstante, hay unas reglas básicas que rigen la citación. Incluyen las siguientes:

  • Se cita cuando no se puede expresar mejor ni con más lucidez ni con menos espacio lo que otro autor dice.

  • Se cita para aportar autoridad (expresando este motivo coloquialmente, podría decir: «tal autor piensa como yo, fíjate lo que dice….»).

  • Se cita cuando vas a interpretar lo que otro autor dice, y quieres dejar claro que no le estás haciendo ninguna caricatura. Por ejemplo, se cita cuando tu resumen del autor parece difícil de creer (es decir, para apoyar tu resumen de él o ella).


Cuánto citar

No obstante, no se debe citar demasiado. Como hemos dicho, tus lectores pueden leer las fuentes por sí mismos si lo desean. Lo que quieren ver es cómo entiendes tú los argumentos del autor en cuestión, cómo sintetizas los de varios autores o cómo los argumentos de tales autores contribuyen a tu perspectiva sobre el tema. Si citas demasiado, el ensayo se convierte en un reportaje y no se escucha tu voz. Recuerda que es necesario que des tu perspectiva en el trabajo, no simplemente un registro de lo que piensan los demás. No queremos que nuestros ensayos se conviertan, como decía mi supervisor doctoral, en «pasarelas de autores».

Cómo citar
           
Las citas deben integrarse en tu redacción de forma que se leen naturalmente. Esto significa que se debe cuadrar la cita con la gramática del resto de la frase. Normalmente se debe introducir con el nombre del autor que citas, como si estuvieras presentando a un interlocutor en una mesa redonda. Se debe indicar la fuente de la que procede la cita mediante una nota al pie de página. Consulta las «Normas bibliográficas» para saber cómo indicar correctamente las citas. 


2. Palabras sobre el plagio

Para que puedas entrar en la conversación con tu propia voz, es necesario evitar el plagio. El plagio consiste en usar materiales de otros sin reconocerlos debidamente. Es un intento de hacer pasar la voz de otro como si fuera la tuya. Es, en el fondo, un robo intelectual –un robo de lenguaje, de expresiones e ideas. Se debe evitar a toda costa —por causa de la honestidad y también por las consecuencias nefastas que resultan si te descubren en la universidad o incluso después en tu carrera como autor o maestro.

Algunas preguntas típicas acerca del plagio:

  • ¿Hay un límite de palabras de otro autor que puedo usar sin citar? Esta pregunta está mal planteada. Es como preguntar «¿Cuánta trampa puedo hacer sin que me descubran?» Si preguntas esto, lo más seguro es que todavía no hayas entendido la fuente que estás leyendo. Si la entendieras y la tuvieras internalizada, sabrías expresar sus ideas con tu propio lenguaje.

  • ¿Puedo usar una frase de otro autor, sustituyendo sus palabras por sinónimos?  No, porque si sigues la estructura de otro autor solamente cambiando algunas palabras, aún estás dependiendo demasiado de su explicación. No estás aportando una perspectiva fresca.

  • ¿Puedo incorporar la argumentación de otro autor en mi propio lenguaje? Como regla general, si descubres una idea, una evidencia o un argumento en una fuente, debes indicarla debidamente, incluso cuando haces un resumen con tus propias palabras. Normalmente es bueno mencionar el nombre del autor del que estás dependiendo ya en tu texto: «T. Schreiner observa que…» o «G. Goldsworthy argumenta que…» (documentando la referencia en una nota). Como mínimo, debes incluir una nota al pie de página que indique el origen de la idea que has resumido en tu redacción. La excepción a esta regla es si la información que usas es de conocimiento general (p. ej., no hace falta citar la fuente de la que leíste que la Guerra Civil Española tuvo lugar entre 1936 y 1939).   


3. Cómo tratar a tus oponentes
           
«Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos» (Mt. 7:12). ¿Te gustaría que otro te citara fuera de contexto, caricaturándote, atribuyéndote opiniones y posturas que no son tuyas? ¿Te gustaría que otro te criticara, incluso sin haber leído tus textos por ti mismo? ¿Te gustaría que otro, más allá de criticar tus opiniones, te insultara? Simplemente plantear estas preguntas nos orienta sobre cómo debemos tratar a los autores con quienes no estamos de acuerdo.
           
Es una responsabilidad ética tratar a nuestros oponentes con respeto y dignidad. Se lo merecen, incluso cuando pensamos que claramente se equivocan. Lo paradójico es que nuestros argumentos cobran aún más fuerza cuando tratamos bien a quienes criticamos. Demuestra generosidad y madurez. Además, normalmente, quienes critican caricaturas en realidad todavía no han entendido el tema y no merecen ser escuchados.  


4. El uso de la Biblia
           
Al final del día, el listón por el que medimos la veracidad de nuestras afirmaciones es la Biblia. La citamos en los ensayos para explicarla y, muchas veces, también como evidencia que respalda nuestros argumentos. Obviamente es legítimo usar la Biblia para apoyar nuestros razonamientos (¡nuestra meta es que nuestra razón sea fiel a la Biblia!). Lo que pasa es que muchas veces no se cita bien la Biblia. Quizá porque es fácil hacer referencia a ella mediante las abreviaturas (nombre, capítulo, versículo), caemos en diversas tentaciones, como citar textos sin explicarlos; dar explicaciones incorrectas a textos para sacarlos de sus contextos; o amontonar tantas referencias que el lector hace caso omiso de ellas.
           
Este no es el lugar para entrar en la recta interpretación de la Biblia (Hermenéutica). Nos quedamos con dos pensamientos: primero, recordemos que la Biblia es una fuente como cualquier otra, en el sentido de que quien la usa tiene la obligación de entenderla antes de usarla. Si no nos hemos esforzado por interpretar algún texto, ni lo comentemos ni lo usemos como apoyo en nuestros ensayos. Segundo, en la medida de lo posible, pongamos las palabras del texto que citamos para que el lector las vea y para que no caigamos tan fácilmente en la tentación de citar un texto fuera de su contexto.


5. Fuentes primarias, secundarias y terciarias
           
Para terminar esta sección sobre las fuentes, es importante que paremos un momento para distinguir entre los distintos tipos de fuentes o recursos. Diferentes tipos de fuentes desempeñan distintos roles en la investigación y merecen distintos niveles de atención.

  • Fuentes primarias. Estas son las que, propiamente, dan el enfoque de tu investigación. Si estás estudiando un tema bíblico, las fuentes primarias son los textos bíblicos pertinentes. Si estás estudiando un personaje histórico, las fuentes primarias son sus propios escritos o los de contemporáneos suyos, de alguna manera relacionados con él. Si estás estudiando una tendencia teológica moderna, tus fuentes primarias son los textos de los proponentes actuales de esta tendencia.

  • Fuentes secundarias. Estas fuentes no son el objeto directo de tu investigación, sino que, de una forma u otra, hablan de él. Si estás estudiando un texto bíblico, las fuentes secundarias son los comentarios, libros, artículos, etc., escritos sobre el texto que estás estudiando. Si estás estudiando un personaje histórico, las fuentes secundarias son biografías u otras obras históricas sobre él. Si estás estudiando una tendencia teológica moderna, las fuentes secundarias son otras obras que resumen y valoran la enseñanza de sus proponentes.

  • Fuentes terciarias. Estas son fuentes generales. Técnicamente, son fuentes secundarias, pero están a un paso más remoto de las primarias. Estas suelen resumir lo que dicen otras fuentes secundarias sin necesariamente argumentar a favor de una postura u otra. Suelen ser obras de introducción que le permiten al estudiante saber hacia qué postura se inclina un autor.

Es importante que distingamos entre estos tipos de fuentes. Todas son importantes, pero desempeñan diferentes roles en la investigación. Dependemos de las fuentes terciarias al inicio del proceso para conocer posibles enfoques y líneas de investigación concretas. Las fuentes secundarias nos permiten profundizar en diferentes posturas sobre la cuestión que estudiamos con evidencias y argumentos ordenados y lógicos. No obstante, en todo momento, la fuente o fuentes principales en las que nos basamos deben ser primarias. Debemos estar trabajando con estas en todo momento. Si no, en realidad no somos más que teólogos pasivos (como los fumadores pasivos) que no acabamos de ver por nosotros mismos el fundamento de nuestras conclusiones. Seamos teólogos activos que conocen las fuentes primarias (sobre todo el texto bíblico), para que podamos crecer y aportar perspectivas frescas a la conversación.   


Más en «La investigación»:
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